Cuando era pequeña fui a un colegio en el que celebramos el día de San Valentín. Semanas antes de la fecha tan señalada para una niña de 9 años, la profesora nos mandó la tarea de hacer unas tarjetas con una DINA-4 cortada por la mitad y doblada en dos, en la que cada uno hacía un dibujo: las niñas unas flores, unas muñecas, un paisaje bucólico, todo lleno de corazones y sonrisas en colores pastel o en rojo muy brillante, y los niños unas raquetas de tenis, unas pistolas, un coche, un futbolista etc. todo en colores muy oscuros y muy masculinos, cada uno en su línea desde ya tan jóvenes. En el interior de la tarjeta debías poner una de estas dos frases:
“Happy Valentine’s Day” o “Be My Valentine”
Como era nueva, al principio no sabía muy bien para qué era eso, pero un día dibujando una compañera de clase me explicó que lo importante era recibir el mayor número de tarjetas que contuvieran “Be My Valentine”, porque significaba que quien te lo regalaba estaba enamorado de ti.
Llegó al día señalado en rojo en el calendario, y aunque todavía era muy pequeña y no sabía de casi nada de la vida, sentía mariposas en el estómago: era un día importante.
Como la profesora era muy inteligente, nos había mandado hacer tantas tarjetitas como alumnos había en la clase, y en un momento dado nos mandó poner el nombre de cada uno de nuestros compañeros en el interior de cada tarjeta y dejarlas encima de nuestros pupitres. Cuando volvimos de la hora del almuerzo todos teníamos en nuestro sitio un montón de tarjetas, las que habíamos estado haciendo durante semanas, sintiéndonos así muy queridos y muy importantes para muchas personas.
Ese curso estaba enamorada de un niño extranjero que era muy popular con las chicas, que me hacía rabiar de vez en cuando y me perseguía cuando jugábamos en el patio. Cuando llegué a su tarjeta dibujada con una pelota de tenis con gorra y zapatillas de deporte, el corazón me dio un vuelco, vi que la que me había regalado contenía el ansiado “Be My Valentine”.
Ese día llovía y en el camino de vuelta a casa la tarjeta, que sinceramente era un poco fea, se me mojó un poco de tanto mirarla, pero no me importó, porque yo estaba soñando con aquél niño que me había hecho sentir la niña de 9 años más feliz del mundo.
Así es, hombres del mundo, como podéis hacer felices a vuestras mujeres. Con una simple frase dentro de una tarjeta espantosa conseguirás que se sienta la mujer más importante del mundo.
¿Le has dicho hoy que la quieres?

























